EL BARCO

El barco se hundía. Llevaba navegando casi treinta años. En sus trayectos había soportado grandes y terribles tempestades, así como agradables y pacíficos mares en calma. Ninguno había conseguido agrietar su casco tanto, que se filtrara el agua en su interior y lo imantara hacia el fondo, como el de esta ocasión.

El capitán, un hombre uniformado, daba las oportunas órdenes al pasaje formado por un matrimonio con sus tres hijos. Había dos botes y ningún salvavidas. Debían saltar desde la cubierta hasta el interior de su bote, sin fallar, ya que solo tenían una oportunidad. Si fallaban habrían de quedarse flotando en el agua.

El capitán eligió el bote en el que subiría cada uno y ordenó a la mujer que saltara con los niños en el primero. Antes, le entregó un libro con instrucciones. Así lo hicieron, primero saltó ella y luego los niños. Al principio la pequeña embarcación se balanceó, pero con paciencia consiguieron la estabilidad. En el segundo bote, hizo saltar al marido, solo, a quien también le entregó un libro con instrucciones diferentes.

Al principio los botes eran reacios a moverse del lugar. El capitán, desde la proa, les dijo que se alejaran porque este buque ya no les servía, tendrían que construir otro nuevo, diferente. Los esposos recordaban por separado que lo diseñaron con todo lujo de detalles, con mucha ilusión y con la esperanza de erigir grandes proyectos y realizar maravillosos viajes juntos. Finalmente, remaron y se alejaron por separado del barco que continuaba hundiéndose lentamente en el horizonte.

Se hizo de noche y amaneció un nuevo día, del gran barco no quedaba ni rastro. Y los botes cada vez más alejados uno del otro. En cambio, frente a ellos se habían creado dos nuevos pequeños islotes. En cada uno había una puerta con un vigilante. La mujer, antes de hacer nada, recordó las instrucciones del capitán, abrió el libro y leyó que debían descender. El vigilante le preguntó si había leído el libro, ella asintió y la dejó pasar con los niños.

El marido desde lo lejos, los observó y sin abrir el libro, les imitó y descendió también, dirigiéndose hacia la puerta con vigilante de su islote. Este le preguntó si había leído el libro, le contestó que no. ¿Para qué? Iba a pasar igualmente. Y el vigilante le negó la entrada.

Un mar plagado de fieros tiburones les separaba, haciendo imposible el contacto y la comunicación entre los islotes. En cambio, un largo y estrecho puente comunicaba cada islote con la península, para que pudieran seguir comunicados con el resto del mundo, si seguían las normas.

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