EL CURSO

Alberto formaba parte de nuestro grupo de amigos. Era un buen tipo, pero algo peculiar, costaba arrancarlo de casa. Tenía cuarenta años y se había quedado con el título de “el amigo solterón”. Todas las novias que había tenido no le habían durado más de dos meses. Bueno, dos meses y dos días la última, y porque coincidían en la misma afición: ambos coleccionaban plumas.

Hacía más de un mes que no lo veía, ni sabía nada de él, a pesar de que vivíamos en el mismo tramo de calle, y su portería y la mía estaban una frente a la otra. Por eso, el día que lo encontré en la cola del supermercado, no me resistí a practicarle un interrogatorio de tercer grado. No era normal en él descolgarse de nosotros tanto tiempo. Nadie lo hacía. Siempre hemos sido un grupo de amigos muy unidos y no hemos roto el hilo del contacto. Aunque se hubieran incorporado nuestras parejas.

Me contó que se había apuntado a un curso nuevo que lo tenía “abducido”. Uno del Centre Cívic del barrio, sobre “Astronomía” y que allí había conocido a Estrella, la más bella del firmamento del aula. Aquella definición viniendo de él, me dejó estupefacta. El romanticismo era algo que lucía por su ausencia en él.

Era única. Se sentía atraído hacia ella como un imán al metal. Y ella le correspondía con un sentimiento espiritual, recíproco, que brillaba en sus corazones como dos astros. Era el ser más perfecto de la creación. Al cruzarse sus miradas, la luminosidad de su amor les cegaba.

Cuando me lo explicó, observé que sus ojos se emocionaron, todo él vibraba hasta el punto que me contagió su enamoramiento, haciéndome sentir celos por lo que había encontrado. Mi pareja y yo nos hallábamos a años luz de ese sentimiento. No pude más que dejarme llevar por la alegría contagiosa de aquel amor sincero, y me entraron ganas por conocerla. Y me atreví a proponerle quedar un fin de semana con el grupo, para que nos la presentara.

Pero no podía, tenía todos los fines de semana ocupados. Iba a ascender con un grupo de montaña al “Pico del Águila”, para visualizar el firmamento nocturno. Esto me pareció precioso. Los imaginé sentados juntos, a la luz de la luna y de las estrellas observando el universo.

Si no tenía partido, tenía vuelo en ala delta, con los amigos de ella. Una vida muy activa. Me alegré por él, al menos no se quedaba encerrado en casa, como solía hacer.

Tras insistirle, conseguí llegar al punto más profundo de su intimidad: me confesó que se veían al atardecer, que era cuando ella podía, y se encontraban en un lugar idílico al que solo podían acceder ellos. 

Acostumbraba a llevar un telescopio de alta definición para apreciar detalladamente, la belleza del cosmos. Estrella ZX22 se hallaba a tres mil años luz de la Tierra, entre la constelación de Osa Mayor y Sagitario donde brillaba más que Venus.

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