LA COPIA DE SEGURIDAD
Juana llega a su casa por la mañana, después de pasar el fin de semana en casa de Nacho. Un amigo que celebraba que se iba a trabajar durante dos años al Canadá. Al girar la llave, la puerta se le abre. Ella la cerró con las tres vueltas. Una extraña sensación recorre su cuerpo. Acaba de abrir y descubre que le han robado. Todo está patas arriba. Desde el rellano de la escalera llama a la policía con el móvil. No se atreve a entrar ni a tocar nada. Le saltan las lágrimas.
Se sienta sobre la maleta mientras contempla todos los destrozos. Pensar que alguien ha podido entrar en su intimidad le pone la piel de gallina. Trata de hacer memoria de las cosas valiosas que tenía. Corriendo se dirige al estudio, “El campo de flores” de Artens continua, sorprendentemente, allí colgado. Ella siempre había dicho que era una copia, para que no la tomaran por loca. Pero lo cierto, es que le costó 2000 €. Baja la vista y descubre que la caja con los seis pen drives donde almacenaba sus relatos, sus novelas, sus ideas, había desaparecido. Estaba junto al ordenador, y éste sí que estaba Pero si no tenía ningún valor económico. Meramente sentimental, era un hobby, se pregunta.
Una semana antes del robo, quedó para comer con Nacho. Hablaron de su despedida y él la animó a publicar sus novelas.
-Aún no me he decido cual presentar a la editorial – comentó Juana.
-El borrador que me pasaste me gustó mucho. Está escrito con una gran sensibilidad. Seguro que te lo publican. ¡Preséntalo!
Nacho es un buen amigo, si fuera familia podría ser su hermano mayor. Siempre tiene solución para todo y le da buenos consejos. Lo echará de menos. Pensaba mientras volvía a sentarse sobre la maleta. Le envió un mensaje explicándole lo sucedido y llegó primero que la policía.
Antes de que esta se marchara, confirmó que a pesar de los destrozos, no le tocaron las cuatro joyas que guardaba en un cajón de la mesita de noche. En cambio, solo pudo denunciar el robo de los seis pen drives. No tenía otra copia de seguridad. Ni siquiera en el ordenador. Ni las tenía registradas, ni impresas. No había modo de recuperarlas, las ha perdido para siempre. Es como borrar una parte de su vida. El disco duro de su mente, las recordaba pero no al completo. ¿Reescribirlas? Había expresiones, palabras que había olvidado. No sería lo mismo. Era un puzzle al que siempre le faltarían piezas ¿A quién podría interesar algo así? no paraba de preguntarse.
Un año y medio después, el día de Sant Jordi fue a pasear por el centro de la ciudad y al pasar frente a un puesto de libros, le llamó la atención uno escrito por un tal Ignacio Pérez. Lo tomó. Vio la foto del autor. Era su amigo. Se alegró por él. Parecía una novela. Desde el Canadá había escrito y publicado un libro. ¡Este chico era fantástico, servía para todo! Leyó el prólogo y se quedó de piedra, helada. La dependienta le preguntó si lo iba a comprar, porque le regalaban una rosa. Pero, lo devolvió; acababa de descubrir al ladrón de sus pen drives. Recordó, que con la policía en casa, le preguntó si guardaba una copia de seguridad.
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