Narrativa: Tercera persona, Casi Omnisciente
LA PIZZA DE PIÑA
Enrico era el jefe de cocina del gran palacio ducal Maggiori, situado en Santo Artù una pequeña localidad de la Toscana. El duque don Giovanni Maggiori le había encargado la creación de una nueva pizza para la celebración de la llegada de la primavera en el año 1520. Quería que esta velada quedara estampada en la retina de sus invitados.
Siempre había elaborado creaciones gastronómicas sorprendentes, con las que conseguía que se hablara de sus platos en toda la comarca durante meses. Y esta vez, no iba a ser menos. Sin embargo llevaba una temporada de crisis artística, que lo conducía de la fatalidad al desastre. Estaba desesperado porque su refinada mente creativa no conseguía dar con la perfecta combinación de ingredientes para impresionar al duque.
Sacó del horno lo que él creía un fracaso más de pizza: tomate, verduras, queso y jamón. La miró con indiferencia. Le faltaba fuerza, vida, alegría, entusiasmo a su plato. El amarillo del queso estaba apagado, el rojo del tomate y el verde de las verduras habían oscurecido, incluso el ligero tostado de la masa la empobrecía. Olía bien, afortunadamente. Solo hubiera faltado que oliera mal. ¡La había cocinado él! Utilizaba ingredientes de primera calidad, pero básicos, sencillos. ¡Mama mía! ¡Sus platos fracasaban por culpa del Altísimo, que no escuchaba sus plegarias pidiendo agua celestial para regar sus verduras! ¡El infernal sol siempre reinando en el cielo, se las secaba!
Desde la ventana de la cocina, escuchaba las alegres voces de los comensales que llegaban en sus carruajes al exterior del palacio. ¡Creen que comerán algo diferente y les espera la trivialidad en forma de pizza! Sería su ruina, su fin. ¡Aayy, aayy! Los tenía demasiado bien acostumbrados.
Días atrás, un excéntrico amigo del duque que acababa de llegar en galera, tras un largo viaje por el nuevo mundo, le había traído una nueva y extraña fruta a la que llamaba “piña”, para que la cocinara y la incluyera en la comida de hoy. ¡Como si fuera tan fácil! Las caprichosas y delicadas musas de la inspiración no surgen a su conveniencia. Son ellas, las que a su libre albedrío, eligen a sus privilegiados artistas para elevar su creatividad, como la espuma de la cerveza. Hay que saberlas cuidar y apreciar. Los amos solo saben mandar y ordenar.
Esa extravagante fruta tenía las hojas puntiagudas, punzantes y un áspero e imperfecto cuerpo mal redondeado que pinchaba al tocarla. Además de un impreciso color, que no era ni verde ni marrón, lo que impedía saber si estaba madura o no. Situada sobre el mármol, presidía su magna cocina. Intuía que le llevaría al fracaso aquella desdichada. Sus afiladas y majestuosas hojas le recordaban a las puntas de la corona que el duque lucía en actos oficiales. De buena gana lo coronaría con ella y sabría lo que cuesta crear un plato. Esa maldita fruta exótica llegada de la otra punta del mundo, competía con él y le iba a quitar el puesto. Se la quedó mirando. Era un fruto engendrado por el diablo ¿Quién sino podría crear algo tan repulsivo? ¡La odiaba, no la soportaba! Nunca antes había visto nada semejante. En su cocina solo había sitio para un signore, y este era él. Comenzó a sentir una extraña sensación hacia la intrusa y una rabia posterior, que surgía de su interior y se apoderaba de su voluntad. ¡Está embrujada, me ha poseído! No resistió la tentación. Tomó un afilado cuchillo que usaba para cortar el cuello a las aves, la agarró por la corona y la partió en dos. Creyó que se sentiría mejor, pero no fue así y lo volvió a repetir hasta que quedó partida en múltiples pedacitos, que del impulso y los golpes que dio al cortar, salieron disparados violentamente sobre la humeante pizza que acababa de sacar del horno. ¡Qué horror, la piña le había destrozado la pizza!
La sangre dorada que chorreó de la fruta mientras la ejecutaba le salpicó la cara y el pecho. Al ir a limpiarse se apercibió de que olía bien. La probó. Era dulce. Se sorprendió. En aquel instante, los rayos del sol que entraban por la ventana rozaron los pedacitos de esa extraña fruta, iluminándolos y haciéndolos brillar a la vez que desprendían pequeños destellos de sus fibrosas partes, como si hubieran caído sobre ella cientos de estrellitas procedentes del sol, que la convirtieron en una bola de luz.
Llamó a los demás sirvientes para que le ayudaran a llevarla al gran salón comedor, ya que aquella luminosidad lo cegaba. ¡Era fabuloso, lo había conseguido! Había creado, la más increíble de las pizzas, una que brillaba por sí sola. Al verla, los sirvientes salieron corriendo asustados, porque decían que estaba embrujada por el sol. Eran unos cobardes. Todos excepto uno, el más joven y valiente, que se quedó a ayudarlo a llevarla ante los hambrientos comensales.
Los dos se presentaron ante el duque y sus invitados con la gran pizza, depositándola sobre una mesa en el centro de la sala. Varios rayos de sol, entraron por las ventanas hacia los trocitos de piña convirtiéndola en una brillante bola de luz. Los comensales se quedaron callados, asombrados, atónitos y sus pálidos rostros fueron paulatinamente reflejando pánico ante aquella luminosa creación. Se levantaron y huyeron veloces, estremecidos y temerosos, hacia la puerta de salida de la sala y después la del palacio, casi atropellándose los unos a los otros; excepto el duque que se quedó exhausto frente aquel maravilloso espectáculo creado por su gran cocinero.
Enrico se sintió tocado por un haz divino, sabía que él era el mejor. Había conseguido satisfacer una vez más el deseo de su amo: que los invitados no olvidaran aquella comida durante mucho tiempo.
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