LO QUE VIO
Mireia salió a la calle con las zapatillas de estar por casa y la mochila del colegio abierta. Su cuerpo la llevaba a clase, pero su mente estaba en otro lugar. No era un día cualquiera. Sería el último año que vestiría uniforme y repartiría caramelos.
Cuando llegó a la esquina de su casa vio pasar a toda velocidad el bus que tomaba cada mañana. Lo perdió, pero no le importó. No podía correr, los pies le pesaban y lo dejó escapar.
Tras esperar un rato, se dio de cuenta que llevaba la cremallera de la mochila abierta y le faltan dos libros, que se habían quedado sobre el escritorio de su habitación. Miró al suelo y vio que no se había puesto los zapatos. Las prisas eran malas consejeras. Eran las 8.03, el bus volvía a pasar a las 8.15, tenía tiempo. Aunque ya ni sus amigas ni nadie interesante de los cursos superiores estuvieran en la parada. Regresó a su casa para ponérselos. Hoy se sentía con una vagancia total. No le gustaba que el minutero de su reloj se moviera, ya que eso indicaba que el tiempo pasaba.
Vivía en un pequeño edificio de dos plantas con chimenea, pintado en blanco, con su madre y su hermana mayor de dieciocho años. Según se iba acercando le llegó el rastro de olor a café y a leña quemada en la barbacoa, lo siguió. Procedía de su jardín. Junto a unos arbustos le pareció ver el techo gris de un coche aparcado.
La puerta de casa estaba cerrada, se extrañó pues siempre quedaba arrimada y abierta. Este era un barrio tranquilo. La abrió con la llave de las cerraduras grandes, como solía llamar su madre a la que guardaba bajo el felpudo. Entró, vio a la izquierda una gran caja sobre la mesa del comedor, de la que salían cintas de colores y adornos. La debió dejar ahí su hermana la noche anterior. Atravesó el recibidor y subió directamente hacia su habitación, al primer piso. Pasó por delante de la habitación de su hermana, que ya no estaba y de la de su madre. Tenía la luz de la lamparita de la mesilla encendida. El reflejo pintaba una línea de amarillenta luminosidad en el oscuro pasillo matutino. Escuchó voces. Cuando salió, su madre estaba sola, pero ahora estaba acompañada. Hablaba raro. Estuvo a punto de empujar la puerta y abrirla. Pero no se atrevió. Parecía que le sucedía alguna cosa. La otra era una voz masculina. Se le puso el vello de punta. Curioseó más intensamente por la ranura que quedaba entre el marco de la pared y la puerta. Estaba sentada en la cama. Veía sus pies colgando. Los movía feliz, jugueteaba con una zapatilla en la punta de los dedos de un pie. Reía contenta. Reconoció la otra voz, era su padre. No discutían. Hacía tiempo que no los escuchaba felices. Se apartó y afiló el oído. No los entendía. Un crujido de una hoja de papel les hizo reír a la vez. Él no tenía por qué estar allí. Sabía ser encantador cuando le interesaba, y luego las dejaba. Empujaría la puerta. No lo quería en casa. Después, ella y su hermana habrían de recoger los pedacitos esparcidos, de su madre. Volvió a mirar y vio el canto de una gran caja de cartón: las letras HP Computers. Una hoja de colores con las manos de su padre la envolvió.
Se dio media vuelta y se quedó apoyada en la pared del pasillo. Ese era el modelo de ordenador tan caro que había en el centro comercial. Respiró profundamente. Y lo entendió todo.
Aquella noche era su 13º cumpleaños, le estaban preparando una fiesta sorpresa y ese era su regalo. Se habían puesto de acuerdo por ella.
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