Os dejo mi último escrito Purple Princess…. y un enlace por si os interesa descargarlo.
PURPLE PRINCESS
La primera vez que vi a la princesa púrpura confirmé que era cierto todo lo que mis colegas me contaron sobre ella. Los afortunados, que estaban a su servicio, no exageraban. Aún, se quedaban cortos.
Deseaba que me eligieran para formar parte de su séquito. Era un sueño que, se hacía realidad, solo, a unos pocos privilegiados. Una meta inalcanzable para un joven, como yo, que acababa de infiltrase en un mundo laboral donde prevalecían las influencias frente a las valías. Me faltaba experiencia, antigüedad y otras cualidades que se adquirían con el paso de los años. Me quedaba mucho por aprender y un largo camino por recorrer.
Sin embargo, una mañana nublada un rayo de sol se dignó a tocarme. Mis superiores se acordaron de mí. Me comunicaron que me ascendían y estaría al servicio de su alteza. Esa decisión me enorgulleció y aquel día, sentado en el suelo, casi toqué las nubes. Sentí que dejé de ser invisible para el resto del mundo y pasé a formar parte de esa distinguida y reducida élite que tanto anhelaba. Se acabó encargarme de personajes anónimos y vulgares.
No me lo podía creer. Ser el guardaespaldas de una princesa me quitó el sueño durante varias noches. No solo fui la persona más afortunada del mundo, sino que durante unos días supe lo que significaba volar sin tener alas, respirar sin tener oxígeno y soñar sin estar dormido.
Imaginaba que estaba a su servicio, que la tenía frente a mí. Esa sensación, me elevó a las alturas, y me provocó que una aureola de estrellas estallara a mí alrededor y me acompañara durante los días previos a su llegada. Me convertí en un dios como ella. Aunque me conformaba con ser un ente celestial de una categoría mucho más inferior.
Era la más atractiva de las princesas, esbelta, frágil, delicada. Un ser vivo excepcional. El azul que corría por sus venas era el verdadero reflejo de su estirpe real.
Obedecería, sumisamente, sus órdenes…. La cuidaría, la protegería. Nadie lastimaría su aterciopelada piel, si estaba yo. Sería su más fiel protector, su servidor y el más fiero frente a los depredadores. La defendería a capa y espada, con mi vida si fuera preciso, con tal que llegara sana y salva a su destino. Confió su vida en mis manos y no la iba a defraudar.
Llegó el momento. Ahí estaba yo, con mi vehículo, esperándola en el aeropuerto. Bien afeitado, duchado y peinado. Con mi uniforme recién estrenado y los nervios a flor de piel. El panel de llegadas anunciaba parpadeante su vuelo. Las luces de la sala de espera, los focos de las tiendas, las señalizaciones, todo brillaba, más que otras veces, como las facetas resplandecientes de un diamante. Se respiraba un aroma especial, de flores, en el ambiente.
Su avión aterrizó, con puntualidad británica, procedente de Amsterdam, como todo lo que la rodeaba, que rozaba la perfección.
Bajó envuelta en blanco. Un fino velo bordado en hilo de plata la cubría, formaba una delicada red que la protegía. Avanzaba hacia mí. Según se aproximaba veía como su exótico tono asomaba por encima de la prenda que, tímidamente, la cubría y trataba de encubrir su origen.
Me la entregaron. Por fin, ya era mía. Haría bien mi trabajo. Agarré, fuertemente, el manillar del carro. Lo empujé. Las ruedas giraron y se deslizaron bajo un palé que conduje con toda mi delicadeza. Me detuve junto a mi vehículo, abrí el capó y cargué mi gran tesoro: una caja de cien tulipanes de la variedad Purple Princess. Para mí, el más bello de los tulipanes.
¡¡¡Mi princesa púrpura!!!

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